Darles espacio para intentarlo también es acompañarlos
Muchas veces también es lo más rápido. La diferencia está en reconocer cuándo necesita que hagamos algo por él y cuándo necesita tiempo para descubrir que puede hacerlo.
La autonomía infantil empieza a construirse precisamente en esas situaciones cotidianas. No significa dejar a los niños resolver todo solos. Implica acompañarlos de una manera que cambie progresivamente a medida que adquieren nuevas capacidades.
Un adulto puede mostrar primero cómo hacer una tarea, acompañar los siguientes intentos y reducir poco a poco su intervención. En ocasiones bastará con una pista. En otras, una pregunta como “¿qué podrías intentar?” puede ayudar al niño a pensar antes de recibir una respuesta.
Este acompañamiento gradual coincide con lo explicado por especialistas en psicología infantil consultadas por EL PAÍS: la autonomía se desarrolla ofreciendo oportunidades adaptadas a la edad y al momento de cada niño, manteniendo el apoyo mientras aprende a desenvolverse por sí mismo.
La vida cotidiana también permite practicar
Preparar los materiales para el día siguiente, pedir algo directamente, colaborar en casa o pensar cómo solucionar un error parecen acciones pequeñas. Precisamente por ser parte de la rutina ofrecen oportunidades frecuentes para tomar decisiones y asumir responsabilidades acordes con la edad.
El tiempo también juega un papel importante. Cuando un adulto interviene para terminar rápidamente aquello que el niño podría intentar, la situación se resuelve en ese momento. Darle unos minutos adicionales permite que pruebe una alternativa, identifique qué salió mal y vuelva a intentarlo.
La investigación citada por EL PAÍS también recoge esta relación entre participación y aprendizaje. Un estudio publicado en 2025 en Acta Psychologica, por ejemplo, relacionó la participación de niños de cuatro años en tareas domésticas con una mayor capacidad para resolver problemas. Los investigadores observaron además que el apoyo de los padres podía reducirse progresivamente conforme el niño avanzaba en la tarea.
Ayudar sin entregar siempre la respuesta
Fomentar la autonomía tampoco significa retirar la ayuda. La edad, las capacidades, la seguridad y la dificultad de cada situación determinan cuánto acompañamiento necesita un niño.
Podemos empezar haciendo algo juntos, continuar ofreciendo orientación y dejar progresivamente que asuma una parte mayor. Si aparece una dificultad, antes de resolverla podemos ayudarlo a dividir el problema, recordar una estrategia que ya conoce o hacer una pregunta que le permita encontrar otro camino.
También habrá situaciones en las que un adulto deba intervenir directamente. Aprender a distinguirlas forma parte del acompañamiento.
La confianza que buscamos desarrollar en nuestros hijos y estudiantes necesita experiencias concretas que la sostengan. Preparar algo solos, solucionar un pequeño inconveniente o volver a intentarlo después de equivocarse les permite comprobar, desde su propia experiencia, qué son capaces de hacer.
Desde la familia y la escuela podemos acompañar ese proceso estando presentes y dando espacio cuando corresponde. La autonomía se construye poco a poco, con responsabilidades acordes a cada etapa y adultos disponibles para orientar cuando realmente hace falta.
En el Liceo José Ortega y Gasset entendemos la formación como un proceso que también prepara a nuestros estudiantes para tomar decisiones, asumir responsabilidades y desenvolverse con mayor seguridad. Es parte de nuestro propósito de formar Mejores personas, mejor futuro.
Fuente: Artículo elaborado a partir de las ideas y fuentes recogidas por Jorge Marzo Arauzo en “De ‘ya lo hago yo’ a ‘inténtalo tú’: por qué hay que dejar de resolver la vida cotidiana de los hijos”, publicado por EL PAÍS el 27 de septiembre de 2026.
Artículo original: EL PAÍS — De “ya lo hago yo” a “inténtalo tú”